27 de junio de 2012

DISCUSIONES Y CRISPACIONES



Muchos se habrán preguntado, como yo, qué está pasando en Argentina, porqué tantas discusiones y porqué tanto acaloramiento en lo que aparentemente tendría que ser un simple intercambio de ideas. Por supuesto, me estoy refiriendo a la política. Discusiones en la TV, en la radio, en el trabajo y en la familia. Y es mi propósito esbozar una hipótesis, intentando acercarme a las causas principales.

Como siempre la realidad es más complicada que nuestras abstracciones, pero éstas ayudan bastante, por lo que intentaré un esbozo. Empezaremos con un poco de historia no tan lejana.
Me quiero referir a las minorías, ésas que siempre tiene una democracia. Pueden ser los homosexuales pero también pueden ser los ateos o pueden ser los de una confesión que no sea la católica; pueden ser los de otra raza distinta a los de su entorno. Veamos, los homosexuales no podían confesar su condición sin ser discriminados y despreciados; los ateos tenían que escuchar en todos lados hablar a los católicos como si fueran la única confesión del planeta, y tenían que permanecer callados ante los disparates más grandes si no querían ser mal considerados; lo mismo los de otras confesiones no católicas; pero veamos lo que pasaba en política. LAS MINORÍAS APRENDIERON A CALLARSE PARA NO CHOCAR. De ciertas cosas mejor no hablar.

Después de Perón, la única voz permitida fue la de los liberales que aconsejaban: achicar el Estado, dejar nuestro destino a la actividad privada, que por más que a veces cometa excesos, a la larga sería beneficioso para todos, promoviendo el desarrollo del país como nunca lo pudo hacer el estatismo. Seríamos como los países del primer mundo. Solo teníamos que abrirnos a él. No se hablaba de desigualdad social, ese no era un tema. Tampoco la inseguridad. Solo del desarrollo que traerían las inversiones; si los productos del extranjero eran más baratos, eso debíamos comprar y dejar de fabricarlos nosotros. Abogaba por la especialización del mundo, que cada uno hiciera o produjera lo que sabía hacer mejor. O sea, nosotros debíamos dedicarnos solamente a la actividad agropecuaria. Estaba prohibido gritar Viva Perón en la calle y era condenado hablar de ello en cualquier círculo, al menos de clase media.

Era una receta sin alternativa, nos hicieron creer nuestros gobernantes y los de los países desarrollados que era la única opción; teníamos que aceptar que había un PENSAMIENTO ÚNICO. Ningún otro era posible. Nos lo decían también los grandes medios y periodistas tan destacados como Neustat y Grondona. Eran gotas de agua para perforarnos el cerebro. Y para hacernos olvidar los conceptos sociales del peronismo de Perón. Para dejarlos en el pasado. Había un nuevo salvador, era el capitalismo nuevo, el neoliberalismo; ya se había puesto en marcha en Chile, y parece que andaba bien; hubo que imponerlo con un dictador, pero eso era lo de menos. Solo bastaba que el resto de los países de Latinoamérica lo imiten, con o sin dictadura. Y en Argentina lo hizo Menem.

Así, los que todavía creyeran en el capitalismo social pasaban a ser una minoría más. Una minoría que ante las verdades que se proclamaban por los medios, debía quedarse callada so pena de ser despreciada y ridiculizada.

El neoliberalismo se había convertido como en una religión, el dios era el Mercado, los templos el FMI, el BM; los divulgadores del catecismo Neustadt y Grondona, los medios en general. No era admisible otra creencia.

2001. Crisis del neoliberalismo en Argentina. Ya todos sabemos de esto, corralito, 7 presidentes…

2003. Irrupción de una nueva política, que podemos llamar nacional y popular. Se trataba de una política que rechazaba los conceptos del neoliberalismo; que pensaba y se preocupaba por los más pobres y por su inclusión social; que pensaba que había que privilegiar, recuperar nuestra industria desmantelada en la década del ’90; porque había que generar puestos de trabajo; que nuestra política debía ser independiente de los intereses de las grandes potencias. En fin, una política bien llamada Nacional y Popular, rescatando los mejores conceptos del peronismo (y dejando de lado otros contradictorios o no convenientes así como los no democráticos o corruptos). Mejor dicho, una corriente Nacional, Popular y Democrática.
No se trataba de un concepto aislado, era toda una batería de conceptos coherentes y modernos. En fin, se pensaba en un capitalismo social. Un capitalismo sí, pero controlado, poniéndole límites y no confiando ciegamente en el mercado. Ya aprendimos que el neoliberalismo provoca el aumento de la polarización social y eso no ayuda ni a la sociedad ni a la democracia. Pero esto implicaba un nuevo pensamiento o mejor dicho una nueva concepción de vida, nuevos valores. Y había necesidad de comunicarlos a todos los que se pudiera. Había necesidad de compartir y sumar.

Comienzo de una “BATALLA” CULTURAL. Era indispensable darla, porque los que estaban acostumbrados al pensamiento único iban a tratar de impedirlo o por lo menos obstaculizarlo. Salió la Ley de Medios Audiovisuales, una buena herramienta para pluralizar las voces. Se evitaría el monopolio. La repartija sería ya más pareja, 33 % para el Estado, 33 % para los privados, 33 % para las asociaciones civiles, ONG, sindicatos, etc. Ya no bastaría con tener capital concentrado para lograr un permiso para operar un canal de TV o una revista o un periódico. Se estaba esbozando una mejor democracia.

Los simpatizantes K empezaron a opinar en todos los espacios, a hacer valer sus concepciones sobre diversos aspectos de la vida; gran disgusto de los del pensamiento único, los K venían a discutir, a decir lo que pensaban, con qué permiso, eso de hablar así era lo mismo que querer imponerse, era ya una dictadura, con qué permiso, estaban “crispando” todos los temas. Los que estuvieron callados tanto tiempo porque ni se podía decir “vivir Perón carajo” ahora opinaban, encima estaban apañados por el gobierno, “ese gobierno que ni siquiera consulta, hace sin pedir permiso (a nosotros…)”. Sí es una dictadura, y en los cacerolazos de mayo del ’12 lanzaron la consigna: “se va a acabar, se va a acabar, la dictadura de los K”. Es que ya la cosa había llegado a mayores: ni siquiera se podía comprar dólares para ahorrar y para viajar al exterior, como solía hacer la clase media, sí que era una dictadura porque ya no había más libertad para hacer lo que uno quisiera. El interés general, ni pensar que pudiera ser un condicionante. Son solo las libertades individuales las que interesan.

Los callados que antes tenían que permanecer en silencio ahora hablaban y en público, hasta en el seno de sus propias familias dando su parecer; no faltaba más! No tenían vergüenza. Eso era lo que producía la crispación, que opinaran en voz alta y sin desenfado ni vergüenza. Desde que sacaron el 54 % de los votos están insoportables!

Racionalidad y creencia (ver también aquí )

Muy frecuentemente nos preguntamos: ¿cómo puede ser que fulano, una persona despierta, culta y buena persona, que vea la realidad social, económica y política del país de una forma tan diferente que yo? Es que hay otros factores; está “lo que quiero creer”, está el bombardeo de los medios como Grupo Clarín y Grupo Nación, están los que solo escuchan dos canales y una radio. No quieren escuchar otra campana porque les desagrada.

En el proceso de aprender, vamos “teorizando” para explicar los hechos; hacemos hipótesis; a su vez los hechos se nos presentan algunos como una realidad palpable, otros solo como una probabilidad; tal candidato político nos resulta confiable y hasta simpático, no sabemos por qué. La explicación puede estar en la historia personal de cada uno y en la historia de la sociedad en la que vivimos. Puede estar en el círculo social al que nos sentimos pertenecer. La explicación puede estar también en el inconsciente.

Y llega el momento de elegir. Y lo hacemos. A partir de allí cambia nuestra visión de la realidad. Si el gobernante al que decidimos condenar hace algo bien, lo explicamos diciendo: “es una medida populista, solo para captar votos”; y si hace algo mal, lo agrandamos y lo usamos como bandera para denostarlo. Pasamos a ser pragmáticos en general y sordos cuando nos conviene.

¿Por qué somos así? No lo sé. Pero en esto estamos. En la conversación de sordos. Somos simplemente gente que quiere creer. Pero por este camino nunca nos vamos a entender.
Escucho posibles explicaciones.

Habría otra alternativa. Sería decirnos: nuestra pertenencia a tal o cual corriente dependerá de lo que yo averigüe; haré un balance de lo positivo y lo negativo y luego decidiré; trataré de evitar las “simpatías”, solo me basaré en mis conclusiones de qué es lo más conveniente en cierto momento para el país; mantendré siempre despierto mi espíritu crítico, nunca juraré fidelidad ciega a nadie. Pero… ¿ya estoy haciendo ficción? Uds díganmelo.

Tuco
Carlos Alberto Navarro

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