22 de octubre de 2004

Comentarios que se me ocurren, al Manifiesto Comunista


Comparación entre lo predicho por Marx en 1848 y lo que realmente ocurrió

Un espectro se cierne sobre Europa: el espectro del comunismo. Contra este espectro se han conjurado en santa jauría todas las potencias de la vieja Europa, el Papa y el zar, Metternich y Guizot, los radicales franceses y los polizontes alemanes.
No hay un solo partido de oposición a quien los adversarios gobernantes no motejen de comunista, ni un solo partido de oposición que no lance al rostro de las oposiciones más avanzadas, lo mismo que a los enemigos reaccionarios, la acusación estigmatizante de comunismo.
De este hecho se desprenden dos consecuencias:
La primera es que el comunismo se halla ya reconocido como una potencia por todas las potencias europeas.
La segunda, que es ya hora de que los comunistas expresen a la luz del día y ante el mundo entero sus ideas, sus tendencias, sus aspiraciones, saliendo así al paso de esa leyenda del espectro comunista con un manifiesto de su partido.
Con este fin se han congregado en Londres los representantes comunistas de diferentes países y redactado el siguiente Manifiesto, que aparecerá en lengua inglesa, francesa, alemana, italiana, flamenca y danesa.

BURGUESES Y PROLETARIOS

Toda la historia de la sociedad humana, hasta la actualidad, es una historia de luchas de clases.
Libres y esclavos, patricios y plebeyos, barones y siervos de la gleba, maestros y oficiales; en una palabra, opresores y oprimidos, frente a frente siempre, empeñados en una lucha ininterrumpida, velada unas veces, y otras franca y abierta, en una lucha que conduce en cada etapa a la transformación revolucionaria de todo el régimen social o al exterminio de ambas clases beligerantes.
En los tiempos históricos nos encontramos a la sociedad dividida casi por doquier en una serie de estamentos, dentro de cada uno de los cuales reina, a su vez, una nueva jerarquía social de grados y posiciones. En la Roma antigua son los patricios, los équites, los plebeyos, los esclavos; en la Edad Media, los señores feudales, los vasallos, los maestros y los oficiales de los gremios, los siervos de la gleba, y dentro de cada una de esas clases todavía nos encontramos con nuevos matices y gradaciones.
Esta clasificación no es tan fácil ahora, las capas y subcapas son muy muchas, como así también las funciones dentro de la sociedad y la empresa. La empresa ya no es solo la fábrica, la producción no es sólo de objetos.
La moderna sociedad burguesa que se alza sobre las ruinas de la sociedad feudal no ha abolido los antagonismos de clase. Lo que ha hecho ha sido crear nuevas clases, nuevas condiciones de opresión, nuevas modalidades de lucha, que han venido a sustituir a las antiguas.
Sin embargo, nuestra época, la época de la burguesía, se caracteriza por haber simplificado estos antagonismos de clase. Hoy, toda la sociedad tiende a separarse, cada vez más abiertamente, en dos grandes campos enemigos, en dos grandes clases antagónicas: la burguesía y el proletariado.
De los siervos de la gleba de la Edad Media surgieron los “villanos” de las primeras ciudades; y estos villanos fueron el germen de donde brotaron los primeros elementos de la burguesía.
El descubrimiento de América, la circunnavegación de Africa abrieron nuevos horizontes e imprimieron nuevo impulso a la burguesía. El mercado de China y de las Indias orientales, la colonización de América, el intercambio con las colonias, el incremento de los medios de cambio y de las mercaderías en general, dieron al comercio, a la navegación, a la industria, un empuje jamás conocido, atizando con ello el elemento revolucionario que se escondía en el seno de la sociedad feudal en descomposición.
El régimen feudal o gremial de producción que seguía imperando no bastaba ya para cubrir las necesidades que abrían los nuevos mercados. Vino a ocupar su puesto la manufactura. Los maestros de los gremios se vieron desplazados por la clase media industrial, y la división del trabajo entre las diversas corporaciones fue suplantada por la división del trabajo dentro de cada taller.
La división de funciones ahora es enorme, la fábrica ha sido reemplazada por una palabra de contenido más general, la empresa. Antes no convenía a los industriales que el trabajador se instruyera, su trabajo era esencialmente manual. Eso ahora no interesa tanto, porque al trabajo manual lo pueden realizar las máquinas robot. Éstas tienen en cuenta una infinidad de parámetros para decidir su acción, gobernadas por el microprocesador (que es el “corazón” de toda computadora) y guiando sus acciones bajo los principios de los servomecanismos, en los cuales se han copiado el sistema motor y de control de los animales.
Ahora interesa la especialización, porque lo que no pueden suplantar las máquinas robot es a las personas pensantes, con su imaginación e intuición creativa. Para eso, el sistema capitalista actual busca de integrar a estos nuevos trabajadores al sistema, impregnándolo con nuevos esquemas de valores, que son de su conveniencia.
Pero los mercados seguían dilatándose, las necesidades seguían creciendo. Ya no bastaba tampoco la manufactura. El invento del vapor y la maquinaria vinieron a revolucionar el régimen industrial de producción. La manufactura cedió el puesto a la gran industria moderna, y la clase media industrial hubo de dejar paso a los magnates de la industria, jefes de grandes ejércitos industriales, a los burgueses modernos.
La gran industria creó el mercado mundial, ya preparado por el descubrimiento de América. El mercado mundial imprimió un gigantesco impulso al comercio, a la navegación, a las comunicaciones por tierra. A su vez, estos, progresos redundaron considerablemente en provecho de la industria, y en la misma proporción en que se dilataban la industria, el comercio, la navegación, los ferrocarriles, se desarrollaba la burguesía, crecían sus capitales, iba desplazando y esfumando a todas las clases heredadas de la Edad Media.
Es que el nuevo sistema económico se estaba mostrando como muy eficiente para el desarrollo de las ciencias y la tecnología, atravesando las fronteras, porque el capital no tiene patria.
Este fenómeno se vio incrementado exponencialmente en el siglo XX, con la irrupción de la electrónica y con ella las telecomunicaciones y después de la informática, con ella Internet, el correo electrónico, etc.
Vemos, pues, que la moderna burguesía es, como lo fueron en su tiempo las otras clases, producto de un largo proceso histórico, fruto de una serie de transformaciones radicales operadas en el régimen de cambio y de producción.
Y esos cambios siguieron produciéndose, para salvar al sistema económico basado en la ganancia y la iniciativa privada, movido por la codicia. Se mostró como un sistema muy poderoso y eficiente. Para sobrevivir a los conflictos sociales tuvo que “promover” a los sectores trabajadores para que no estallara la revolución social, y bien que lo lograron en casi todas partes. Los integraron al sistema económico, mejor cuanto más especializado es el trabajo requerido. Y este trabajo ya no es sólo manual, es intelectual y manual.
A cada etapa de avance recorrida por la burguesía corresponde una nueva etapa de progreso político. Clase oprimida bajo el mando de los señores feudales, la burguesía forma en la “comuna” una asociación autónoma y armada para la defensa de sus intereses; en unos sitios se organiza en repúblicas municipales independientes; en otros forma el tercer estado tributario de las monarquías; en la época de la manufactura es el contrapeso de la nobleza dentro de la monarquía feudal o absoluta y el fundamento de las grandes monarquías en general, hasta que, por último, implantada la gran industria y abiertos los cauces del mercado mundial, se conquista la hegemonía política y crea el moderno Estado representativo. Hoy, el Poder público viene a ser, pura y simplemente, el Consejo de administración que rige los intereses colectivos de la clase burguesa.
La burguesía ha desempeñado, en el transcurso de la historia, un papel verdaderamente revolucionario.
Dondequiera que se instauró, echó por tierra todas las instituciones feudales, patriarcales e idílicas. Desgarró implacablemente los abigarrados lazos feudales que unían al hombre con sus superiores naturales y no dejó en pie más vínculo que el del interés escueto, el del dinero contante y sonante, que no tiene entrañas. Echó por encima del santo temor de Dios, de la devoción mística y piadosa, del ardor caballeresco y la tímida melancolía del buen burgués, el jarro de agua helada de sus cálculos egoístas. Enterró la dignidad personal bajo el dinero y redujo todas aquellas innumerables libertades escrituradas y bien adquiridas a una única libertad: la libertad ilimitada de comerciar. Sustituyó, para decirlo de una vez, un régimen de explotación, velado por los cendales de las ilusiones políticas y religiosas, por un régimen franco, descarado, directo, escueto, de explotación.
La burguesía despojó de su halo de santidad a todo lo que antes se tenía por venerable y digno de piadoso acontecimiento. Convirtió en sus servidores asalariados al médico, al jurista, al poeta, al sacerdote, al hombre de ciencia.
Actualmente los integró al sistema económico, brindó una nueva concepción de vida, reemplazó los valores humanos por los que convenía al sistema. Desarrolló un pensamiento único, para evitar que se pudiera pensar siquiera en otras opciones.
La burguesía desgarró los velos emotivos y sentimentales que envolvían la familia y puso al desnudo la realidad económica de las relaciones familiares.
¿?
La burguesía vino a demostrar que aquellos alardes de fuerza bruta que la reacción tanto admira en la Edad Media tenían su complemento cumplido en la haraganería más indolente. Hasta que ella no lo reveló no supimos cuánto podía dar de sí el trabajo del hombre. La burguesía ha producido maravillas mucho mayores que las pirámides de Egipto, los acueductos romanos y las catedrales góticas; ha acometido y dado cima a empresas mucho más grandiosas que las emigraciones de los pueblos y las cruzadas.
Las fuerzas que desataron el principio de la ganancia y la iniciativa privada son inigualables históricamente, el desarrollo tecnológico y científico de los siglos IXX y XX son revolucionarios. Es como si se hubiera desatado una maquinaria infernal, a la que los hombres no dominamos.
La burguesía no puede existir si no es revolucionando incesantemente los instrumentos de la producción, que tanto vale decir el sistema todo de la producción, y con él todo el régimen social. Lo contrario de cuantas clases sociales la precedieron, que tenían todas por condición primaria de vida la intangibilidad del régimen de producción vigente. La época de la burguesía se caracteriza y distingue de todas las demás por el constante y agitado desplazamiento de la producción, por la conmoción ininterrumpida de todas las relaciones sociales, por una inquietud y una dinámica incesantes. Las relaciones inconmovibles y mohosas del pasado, con todo su séquito de ideas y creencias viejas y venerables, se derrumban, y las nuevas envejecen antes de echar raíces. Todo lo que se creía permanente y perenne se esfuma, lo santo es profanado, y, al fin, el hombre se ve constreñido, por la fuerza de las cosas, a contemplar con mirada fría su vida y sus relaciones con los demás.
La necesidad de encontrar mercados espolea a la burguesía de una punta o otra del planeta. Por todas partes anida, en todas partes construye, por doquier establece relaciones.
La burguesía, al explotar el mercado mundial, da a la producción y al consumo de todos los países un sello cosmopolita. Entre los lamentos de los reaccionarios destruye los cimientos nacionales de la industria. Las viejas industrias nacionales se vienen a tierra, arrolladas por otras nuevas, cuya instauración es problema vital para todas las naciones civilizadas; por industrias que ya no transforman como antes las materias primas del país, sino las traídas de los climas más lejanos y cuyos productos encuentran salida no sólo dentro de las fronteras, sino en todas las partes del mundo. Brotan necesidades nuevas que ya no bastan a satisfacer, como en otro tiempo, los frutos del país, sino que reclaman para su satisfacción los productos de tierras remotas. Ya no reina aquel mercado local y nacional que se bastaba así mismo y donde no entraba nada de fuera; ahora, la red del comercio es universal y en ella entran, unidas por vínculos de interdependencia, todas las naciones. Y lo que acontece con la producción material, acontece también con la del espíritu. Los productos espirituales de las diferentes naciones vienen a formar un acervo común. Las limitaciones y peculiaridades del carácter nacional van pasando a segundo plano, y las literaturas locales y nacionales confluyen todas en una literatura universal.
Qué podemos decir nosotros ahora, en que la globalización es el fenómeno universal.
La burguesía, con el rápido perfeccionamiento de todos los medios de producción, con las facilidades increíbles de su red de comunicaciones, lleva la civilización hasta a las naciones más salvajes. El bajo precio de sus mercancías es la artillería pesada con la que derrumba todas las murallas de la China, con la que obliga a capitular a las tribus bárbaras más ariscas en su odio contra el extranjero. Obliga a todas las naciones a abrazar el régimen de producción de la burguesía o perecer; las obliga a implantar en su propio seno la llamada civilización, es decir, a hacerse burguesas. Crea un mundo hecho a su imagen y semejanza.
Todo esto sigue siendo vigente, es actual.
La burguesía somete el campo al imperio de la ciudad. Crea ciudades enormes, intensifica la población urbana en una fuerte proporción respecto a la campesina y arranca a una parte considerable de la gente del campo al cretinismo de la vida rural. Y del mismo modo que somete el campo a la ciudad, somete los pueblos bárbaros y semibárbaros a las naciones civilizadas, los pueblos campesinos a los pueblos burgueses, el Oriente al Occidente.
La burguesía va aglutinando cada vez más los medios de producción, la propiedad y los habitantes del país. Aglomera la población, centraliza los medios de producción y concentra en manos de unos cuantos la propiedad. Este proceso tenía que conducir, por fuerza lógica, a un régimen de centralización política. Territorios antes independientes, apenas aliados, con intereses distintos, distintas leyes, gobiernos autónomos y líneas aduaneras propias, se asocian y refunden en una nación única, bajo un Gobierno, una ley, un interés nacional de clase y una sola línea aduanera.
Los distintos gobiernos aparentan actualmente soberanía, en los hechos están limitados por el entrelazamiento de los capitales internacionales, siendo en este juego importante el papel del FMI, que en los hechos cumple un papel de gendarme.
En el siglo corto que lleva de existencia como clase soberana, la burguesía ha creado energías productivas mucho más grandiosas y colosales que todas las pasadas generaciones juntas. Basta pensar en el sometimiento de las fuerzas naturales por la mano del hombre, en la maquinaria, en la aplicación de la química a la industria y la agricultura, en la navegación de vapor, en los ferrocarriles, en el telégrafo eléctrico, en la roturación de continentes enteros, en los ríos abiertos a la navegación, en los nuevos pueblos que brotaron de la tierra como por ensalmo... ¿Quién, en los pasados siglos, pudo sospechar siquiera que en el regazo de la sociedad fecundada por el trabajo del hombre yaciesen soterradas tantas y tales energías y elementos de producción?
Hemos visto que los medios de producción y de transporte sobre los cuales se desarrolló la burguesía brotaron en el seno de la sociedad feudal. Cuando estos medios de transporte y de producción alcanzaron una determinada fase en su desarrollo, resultó que las condiciones en que la sociedad feudal producía y comerciaba, la organización feudal de la agricultura y la manufactura, en una palabra, el régimen feudal de la propiedad, no correspondían ya al estado progresivo de las fuerzas productivas. Obstruían la producción en vez de fomentarla. Se habían convertido en otras tantas trabas para su desenvolvimiento. Era menester hacerlas saltar, y saltaron.
Vino a ocupar su puesto la libre concurrencia, con la constitución política y social a ella adecuada, en la que se revelaba ya la hegemonía económica y política de la clase burguesa.
Pues bien: ante nuestros ojos se desarrolla hoy un espectáculo semejante. Las condiciones de producción y de cambio de la burguesía, el régimen burgués de la propiedad, la moderna sociedad burguesa, que ha sabido hacer brotar como por encanto tan fabulosos medios de producción y de transporte, recuerda al brujo impotente para dominar los espíritus subterráneos que conjuró. Desde hace varias décadas, la historia de la industria y del comercio no es más que la historia de las modernas fuerzas productivas que se rebelan contra el régimen vigente de producción, contra el régimen de la propiedad, donde residen las condiciones de vida y de predominio político de la burguesía. Basta mencionar las crisis comerciales, cuya periódica reiteración supone un peligro cada vez mayor para la existencia de la sociedad burguesa toda. Las crisis comerciales, además de destruir una gran parte de los productos elaborados, aniquilan una parte considerable de las fuerzas productivas existentes. En esas crisis se desata una epidemia social que a cualquiera de las épocas anteriores hubiera parecido absurda e inconcebible: la epidemia de la superproducción. La sociedad se ve retrotraída repentinamente a un estado de barbarie momentánea; se diría que una plaga de hambre o una gran guerra aniquiladora la han dejado esquilmado, sin recursos para subsistir; la industria, el comercio están a punto de perecer. ¿Y todo por qué? Porque la sociedad posee demasiada civilización, demasiados recursos, demasiada industria, demasiado comercio. Las fuerzas productivas de que dispone no sirven ya para fomentar el régimen burgués de la propiedad; son ya demasiado poderosas para servir a este régimen, que embaraza su desarrollo. Y tan pronto como logran vencer este obstáculo, siembran el desorden en la sociedad burguesa, amenazan dar al traste con el régimen burgués de la propiedad. Las condiciones sociales burguesas resultan ya demasiado angostas para abarcar la riqueza por ellas engendrada. ¿Cómo se sobrepone a las crisis la burguesía? De dos maneras: destruyendo violentamente una gran masa de fuerzas productivas y conquistándose nuevos mercados, a la par que procurando explotar más concienzudamente los mercados antiguos. Es decir, que remedia unas crisis preparando otras más extensas e imponentes y mutilando los medios de que dispone para precaverlas.
Las armas con que la burguesía derribó al feudalismo se vuelven ahora contra ella.
Lo que ocurrió es que los grandes países capitalistas exportaron sus crisis, explotando nuevos pueblos, el tercer mundo, y entrando en el negocio de la guerra cuando fuera conveniente. De esta manera, logró dominar sus crisis.
Y la burguesía no sólo forja las armas que han de darle la muerte, sino que, además, pone en pie a los hombres llamados a manejarlas: estos hombres son los obreros, los proletarios.
En la misma proporción en que se desarrolla la burguesía, es decir, el capital, desarrollase también el proletariado, esa clase obrera moderna que sólo puede vivir encontrando trabajo y que sólo encuentra trabajo en la medida en que éste alimenta a incremento el capital. El obrero, obligado a venderse a trozos, es una mercancía como otra cualquiera, sujeta, por tanto, a todos los cambios y modalidades de la concurrencia, a todas las fluctuaciones del mercado.
La extensión de la maquinaria y la división del trabajo quitan a éste, en el régimen proletario actual, todo carácter autónomo, toda libre iniciativa y todo encanto para el obrero. El trabajador se convierte en un simple resorte de la máquina, del que sólo se exige una operación mecánica, monótona, de fácil aprendizaje. Por eso, los gastos que supone un obrero se reducen, sobre poco más o menos, al mínimo de lo que necesita para vivir y para perpetuar su raza. Y ya se sabe que el precio de una mercancía, y como una de tantas el trabajo , equivale a su coste de producción. Cuanto más repelente es el trabajo, tanto más disminuye el salario pagado al obrero. Más aún: cuanto más aumentan la maquinaria y la división del trabajo, tanto más aumenta también éste, bien porque se alargue la jornada, bien porque se intensifique el rendimiento exigido, se acelere la marcha de las máquinas, etc.
No, para prevalecer, el capital tuvo que hacer concesiones, negociar. Redujo la jornada laboral en los países industrializados, apañó la expoliación de ultramar. Defendió la democracia en sus países y apoyaron a los tiranos en el tercer mundo, si era de su conveniencia. Aumentó los sueldos en sus países para aumentar el consumo y mantener a los empleados enganchados al sistema.
La industria moderna ha convertido el pequeño taller del maestro patriarcal en la gran fábrica del magnate capitalista. Las masas obreras concentradas en la fábrica son sometidas a una organización y disciplina militares. Los obreros, soldados rasos de la industria, trabajan bajo el mando de toda una jerarquía de sargentos, oficiales y jefes. No son sólo siervos de la burguesía y del Estado burgués, sino que están todos los días y a todas horas bajo el yugo esclavizador de la máquina, del contramaestre, y sobre todo, del industrial burgués dueño de la fábrica. Y este despotismo es tanto más mezquino, más execrable, más indignante, cuanta mayor es la franqueza con que proclama que no tiene otro fin que el lucro.
La burguesía moderna ha aprendido que lo que interesa en cuanto a sus empleados es que éstos se sientan bien, que trabajen por motivación más que por obligación, que más vale convencer que obligar. La eficiencia que quería Taylor con sus métodos cronométricos es reemplazada por la eficiencia de los que trabajan a gusto en sus especialidades y en un ambiente confortable. La organización militar solo queda ya en las capas de trabajadores que realizan solo trabajo manual, los peones.
Cuanto menores son la habilidad y la fuerza que reclama el trabajo manual, es decir, cuanto mayor es el desarrollo adquirido por la moderna industria, también es mayor la proporción en que el trabajo de la mujer y el niño desplaza al del hombre. Socialmente, ya no rigen para la clase obrera esas diferencias de edad y de sexo. Son todos, hombres, mujeres y niños, meros instrumentos de trabajo, entre los cuales no hay más diferencia que la del coste.
Y cuando ya la explotación del obrero por el fabricante ha dado su fruto y aquél recibe el salario, caen sobre él los otros representantes de la burguesía: el casero, el tendero, el prestamista, etc.
La burguesía ha sabido adaptarse.
Toda una serie de elementos modestos que venían perteneciendo a la clase media, pequeños industriales, comerciantes y rentistas, artesanos y labriegos, son absorbidos por el proletariado; unos, porque su pequeño caudal no basta para alimentar las exigencias de la gran industria y sucumben arrollados por la competencia de los capitales más fuertes, y otros porque sus aptitudes quedan sepultadas bajo los nuevos progresos de la producción. Todas las clases sociales contribuyen, pues, a nutrir las filas del proletariado.
El proletariado recorre diversas etapas antes de fortificarse y consolidarse. Pero su lucha contra la burguesía data del instante mismo de su existencia.
Al principio son obreros aislados; luego, los de una fábrica; luego, los de todas una rama de trabajo, los que se enfrentan, en una localidad, con el burgués que personalmente los explota. Sus ataques no van sólo contra el régimen burgués de producción, van también contra los propios instrumentos de la producción; los obreros, sublevados, destruyen las mercancías ajenas que les hacen la competencia, destrozan las máquinas, pegan fuego a las fábricas, pugnan por volver a la situación, ya enterrada, del obrero medieval.
Esto ya no se da.
En esta primera etapa, los obreros forman una masa diseminada por todo el país y desunida por la concurrencia. Las concentraciones de masas de obreros no son todavía fruto de su propia unión, sino fruto de la unión de la burguesía, que para alcanzar sus fines políticos propios tiene que poner en movimiento -cosa que todavía logra- a todo el proletariado. En esta etapa, los proletarios no combaten contra sus enemigos, sino contra los enemigos de sus enemigos, contra los vestigios de la monarquía absoluta, los grandes señores de la tierra, los burgueses no industriales, los pequeños burgueses. La marcha de la historia está toda concentrada en manos de la burguesía, y cada triunfo así alcanzado es un triunfo de la clase burguesa.
Sin embargo, el desarrollo de la industria no sólo nutre las filas del proletariado, sino que las aprieta y concentra; sus fuerzas crecen, y crece también la conciencia de ellas. Y al paso que la maquinaria va borrando las diferencias y categorías en el trabajo y reduciendo los salarios casi en todas partes a un nivel bajísimo y uniforme, van nivelándose también los intereses y las condiciones de vida dentro del proletariado. La competencia, cada vez más aguda, desatada entre la burguesía, y las crisis comerciales que desencadena, hacen cada vez más inseguro el salario del obrero; los progresos incesantes y cada día más veloces del maquinismo aumentan gradualmente la inseguridad de su existencia; las colisiones entre obreros y burgueses aislados van tomando el carácter, cada vez más señalado, de colisiones entre dos clases. Los obreros empiezan a coaligarse contra los burgueses, se asocian y unen para la defensa de sus salarios. Crean organizaciones permanentes para pertrecharse en previsión de posibles batallas. De vez en cuando estallan revueltas y sublevaciones.
Los obreros arrancan algún triunfo que otro, pero transitorio siempre. El verdadero objetivo de estas luchas no es conseguir un resultado inmediato, sino ir extendiendo y consolidando la unión obrera. Coadyuvan a ello los medios cada vez más fáciles de comunicación, creados por la gran industria y que sirven para poner en contacto a los obreros de las diversas regiones y localidades. Gracias a este contacto, las múltiples acciones locales, que en todas partes presentan idéntico carácter, se convierten en un movimiento nacional, en una lucha de clases. Y toda lucha de clases es una acción política. Las ciudades de la Edad Media, con sus caminos vecinales, necesitaron siglos enteros para unirse con las demás; el proletariado moderno, gracias a los ferrocarriles, ha creado su unión en unos cuantos años.
Esta organización de los proletarios como clase, que tanto vale decir como partido político, se ve minada a cada momento por la concurrencia desatada entre los propios obreros. Pero avanza y triunfa siempre, a pesar de todo, cada vez más fuerte, más firme, más pujante. Y aprovechándose de las discordias que surgen en el seno de la burguesía, impone la sanción legal de sus intereses propios. Así nace en Inglaterra la ley de la jornada de diez horas.
Las colisiones producidas entre las fuerzas de la antigua sociedad imprimen nuevos impulsos al proletariado. La burguesía lucha incesantemente: primero, contra la aristocracia; luego, contra aquellos sectores de la propia burguesía cuyos intereses chocan con los progresos de la industria, y siempre contra la burguesía de los demás países. Para librar estos combates no tiene más remedio que apelar al proletariado, reclamar su auxilio, arrastrándolo así a la palestra política. Y de este modo, le suministra elementos de fuerza, es decir, armas contra sí misma.
Además, como hemos visto, los progresos de la industria traen a las filas proletarias a toda una serie de elementos de la clase gobernante, o a lo menos los colocan en las mismas condiciones de vida. Y estos elementos suministran al proletariado nuevas fuerzas.
Finalmente, en aquellos períodos en que la lucha de clases está a punto de decidirse, es tan violento y tan claro el proceso de desintegración de la clase gobernante latente en el seno de la sociedad antigua, que una pequeña parte de esa clase se desprende de ella y abraza la causa revolucionaria, pasándose a la clase que tiene en sus manos el porvenir. Y así como antes una parte de la nobleza se pasaba a la burguesía, ahora una parte de la burguesía se pasa al campo del proletariado; en este tránsito rompen la marcha los intelectuales burgueses, que, analizando teóricamente el curso de la historia, han logrado ver claro en sus derroteros.
De todas las clases que hoy se enfrentan con la burguesía no hay más que una verdaderamente revolucionaria: el proletariado. Las demás perecen y desaparecen con la gran industria; el proletariado, en cambio, es su producto genuino y peculiar.
También el proletariado se vio absorbido por el sistema. Su mayor aspiración es ser un pequeño burgués, su sistema de valores son los del sistema dominante.
Los elementos de las clases medias, el pequeño industrial, el pequeño comerciante, el artesano, el labriego, todos luchan contra la burguesía para salvar de la ruina su existencia como tales clases. No son, pues, revolucionarios, sino conservadores. Más todavía, reaccionarios, pues pretenden volver atrás la rueda de la historia. Todo lo que tienen de revolucionario es lo que mira a su tránsito inminente al proletariado; con esa actitud no defienden sus intereses actuales, sino los futuros; se despojan de su posición propia para abrazar la del proletariado.
El proletariado andrajoso, esa putrefacción pasiva de las capas más bajas de la vieja sociedad, se verá arrastrado en parte al movimiento por una revolución proletaria, si bien las condiciones todas de su vida lo hacen más propicio a dejarse comprar como instrumento de manejos reaccionarios.
Las condiciones de vida de la vieja sociedad aparecen ya destruidas en las condiciones de vida del proletariado. El proletario carece de bienes. Sus relaciones con la mujer y con los hijos no tienen ya nada de común con las relaciones familiares burguesas; la producción industrial moderna, el moderno yugo del capital, que es el mismo en Inglaterra que en Francia, en Alemania que en Norteamérica, borra en él todo carácter nacional. Las leyes, la moral, la religión, son para él otros tantos prejuicios burgueses tras los que anidan otros tantos intereses de la burguesía. Todas las clases que le precedieron y conquistaron el Poder procuraron consolidar las posiciones adquiridas sometiendo a la sociedad entera a su régimen de adquisición. Los proletarios sólo pueden conquistar para sí las fuerzas sociales de la producción aboliendo el régimen adquisitivo a que se hallan sujetos, y con él todo el régimen de apropiación de la sociedad. Los proletarios no tienen nada propio que asegurar, sino destruir todos los aseguramientos y seguridades privadas de los demás.
Hasta ahora, todos los movimientos sociales habían sido movimientos desatados por una minoría o en interés de una minoría. El movimiento proletario es el movimiento autónomo de una inmensa mayoría en interés de una mayoría inmensa. El proletariado, la capa más baja y oprimida de la sociedad actual, no puede levantarse, incorporarse, sin hacer saltar, hecho añicos desde los cimientos hasta el remate, todo ese edificio que forma la sociedad oficial.
Por su forma, aunque no por su contenido, la campaña del proletariado contra la burguesía empieza siendo nacional. Es lógico que el proletariado de cada país ajuste ante todo las cuentas con su propia burguesía.
Al esbozar, en líneas muy generales, las diferentes fases de desarrollo del proletariado, hemos seguido las incidencias de la guerra civil más o menos embozada que se plantea en el seno de la sociedad vigente hasta el momento en que esta guerra civil desencadena una revolución abierta y franca, y el proletariado, derrocando por la violencia a la burguesía, echa las bases de su poder.
Hasta hoy, toda sociedad descansó, como hemos visto, en el antagonismo entre las clases oprimidas y las opresoras. Mas para poder oprimir a una clase es menester asegurarle, por lo menos, las condiciones indispensables de vida, pues de otro modo se extinguiría, y con ella su esclavizamiento. El siervo de la gleba se vio exaltado a miembro del municipio sin salir de la servidumbre, como el villano convertido en burgués bajo el yugo del absolutismo feudal. La situación del obrero moderno es muy distinta, pues lejos de mejorar conforme progresa la industria, decae y empeora por debajo del nivel de su propia clase. El obrero se depaupera, y el pauperismo se desarrolla en proporciones mucho mayores que la población y la riqueza. He ahí una prueba palmaria de la incapacidad de la burguesía para seguir gobernando la sociedad e imponiendo a ésta por norma las condiciones de su vida como clase. Es incapaz de gobernar, porque es incapaz de garantizar a sus esclavos la existencia ni aun dentro de su esclavitud, porque se ve forzada a dejarlos llegar hasta una situación de desamparo en que no tiene más remedio que mantenerles, cuando son ellos quienes debieran mantenerla a ella. La sociedad no puede seguir viviendo bajo el imperio de esa clase; la vida de la burguesía se ha hecho incompatible con la sociedad.
La existencia y el predominio de la clase burguesa tienen por condición esencial la concentración de la riqueza en manos de unos cuantos individuos, la formación e incremento constante del capital; y éste, a su vez, no puede existir sin el trabajo asalariado. El trabajo asalariado Presupone, inevitablemente, la concurrencia de los obreros entre sí. Los progresos de la industria, que tienen por cauce automático y espontáneo a la burguesía, imponen, en vez del aislamiento de los obreros por la concurrencia, su unión revolucionaria por la organización. Y así, al desarrollarse la gran industria, la burguesía ve tambalearse bajo sus pies las bases sobre que produce y se apropia lo producido. Y a la par que avanza, se cava su fosa y cría a sus propios enterradores. Su muerte y el triunfo del proletariado sin igualmente inevitables.
La burguesía se ha cuidado bien de que se considere despreciable ser asalariado. Le brinda a sus empleados protección, como hacían antiguamente los señores feudales, pero mucho más. Les brindan servicios sociales, recreación, capacitación. Ahora, cuando se le pregunta a alguien adónde trabaja, responde con orgullo el nombre de su empresa. Cuando más poderosa sea, mejor.

PROLETARIOS Y COMUNISTAS

¿Qué relación guardan los comunistas con los proletarios en general?
Los comunistas no forman un partido aparte de los demás partidos obreros.
No tienen intereses propios que se distingan de los intereses generales del proletariado. No profesan principios especiales con los que aspiren a modelar el movimiento proletario.
Los comunistas no se distinguen de los demás partidos proletarios más que en esto: en que destacan y reivindican siempre, en todas y cada una de las acciones nacionales proletarias, los intereses comunes y peculiares de todo el proletariado, independientes de su nacionalidad, y en que, cualquiera que sea la etapa histórica en que se mueva la lucha entre el proletariado y la burguesía, mantienen siempre el interés del movimiento enfocado en su conjunto.
Los comunistas son, pues, prácticamente, la parte más decidida, el acicate siempre en tensión de todos los partidos obreros del mundo; teóricamente, llevan de ventaja a las grandes masas del proletariado su clara visión de las condiciones, los derroteros y los resultados generales a que ha de abocar el movimiento proletario.
El objetivo inmediato de los comunistas es idéntico al que persiguen los demás partidos proletarios en general: formar la conciencia de clase del proletariado, derrocar el régimen de la burguesía, llevar al proletariado a la conquista del Poder.
Las proposiciones teóricas de los comunistas no descansan ni mucho menos en las ideas, en los principios forjados o descubiertos por ningún redentor de la humanidad. Son todas expresión generalizada de las condiciones materiales de una lucha de clases real y vívida, de un movimiento histórico que se está desarrollando a la vista de todos. La abolición del régimen vigente de la propiedad no es tampoco ninguna característica peculiar del comunismo.
Las condiciones que forman el régimen de la propiedad han estado sujetas siempre a cambios históricos, a alteraciones históricas constantes.
Así, por ejemplo, la Revolución francesa abolió la propiedad feudal para instaurar sobre sus ruinas la propiedad burguesa.
Lo que caracteriza al comunismo no es la abolición de la propiedad en general, sino la abolición del régimen de propiedad de la burguesía, de esta moderna institución de la propiedad privada burguesa, expresión última y la más acabada de ese régimen de producción y apropiación de lo producido que reposa sobre el antagonismo de dos clases, sobre la explotación de unos hombres por otros.
Así entendida, sí pueden los comunistas resumir su teoría en esa fórmula: abolición de la propiedad privada.
Se nos reprocha que queremos destruir la propiedad personal bien adquirida, fruto del trabajo y del esfuerzo humano, esa propiedad que es para el hombre la base de toda libertad, el acicate de todas las actividades y la garantía de toda independencia.
¡La propiedad bien adquirida, fruto del trabajo y del esfuerzo humano! ¿Os referís acaso a la propiedad del humilde artesano, del pequeño labriego, precedente histórico de la propiedad burguesa? No, ésa no necesitamos destruirla; el desarrollo de la industria lo ha hecho ya y lo está haciendo a todas horas.
¿O queréis referimos a la moderna propiedad privada de la burguesía?
Decidnos: ¿es que el trabajo asalariado, el trabajo de proletario, le rinde propiedad? No, ni mucho menos. Lo que rinde es capital, esa forma de propiedad que se nutre de la explotación del trabajo asalariado, que sólo puede crecer y multiplicarse a condición de engendrar nuevo trabajo asalariado para hacerlo también objeto de su explotación. La propiedad, en la forma que hoy presenta, no admite salida a este antagonismo del capital y el trabajo asalariado. Detengámonos un momento a contemplar los dos términos de la antítesis.
Ser capitalista es ocupar un puesto, no simplemente personal, sino social, en el proceso de la producción. El capital es un producto colectivo y no puede ponerse en marcha más que por la cooperación de muchos individuos, y aún cabría decir que, en rigor, esta cooperación abarca la actividad común de todos los individuos de la sociedad. El capital no es, pues, un patrimonio personal, sino una potencia social.
Los que, por tanto, aspiramos a convertir el capital en propiedad colectiva, común a todos los miembros de la sociedad, no aspiramos a convertir en colectiva una riqueza personal. A lo único que aspiramos es a transformar el carácter colectivo de la propiedad, a despojarla de su carácter de clase.
Hablemos ahora del trabajo asalariado.
El precio medio del trabajo asalariado es el mínimo del salario, es decir, la suma de víveres necesaria para sostener al obrero como tal obrero. Todo lo que el obrero asalariado adquiere con su trabajo es, pues, lo que estrictamente necesita para seguir viviendo y trabajando. Nosotros no aspiramos en modo alguno a destruir este régimen de apropiación personal de los productos de un trabajo encaminado a crear medios de vida: régimen de apropiación que no deja, como vemos, el menor margen de rendimiento líquido y, con él, la posibilidad de ejercer influencia sobre los demás hombres. A lo que aspiramos es a destruir el carácter oprobioso de este régimen de apropiación en que el obrero sólo vive para multiplicar el capital, en que vive tan sólo en la medida en que el interés de la clase dominante aconseja que viva.
En la sociedad burguesa, el trabajo vivo del hombre no es más que un medio de incrementar el trabajo acumulado. En la sociedad comunista, el trabajo acumulado será, por el contrario, un simple medio para dilatar, fomentar y enriquecer la vida del obrero.
En la sociedad burguesa es, pues, el pasado el que impera sobre el presente; en la comunista, imperará el presente sobre el pasado. En la sociedad burguesa se reserva al capital toda personalidad e iniciativa; el individuo trabajador carece de iniciativa y personalidad.
¡Y a la abolición de estas condiciones, llama la burguesía abolición de la personalidad y la libertad! Y, sin embargo, tiene razón. Aspiramos, en efecto, a ver abolidas la personalidad, la independencia y la libertad burguesa.
Por libertad se entiende, dentro del régimen burgués de la producción, el librecambio, la libertad de comprar y vender.
Desaparecido el tráfico, desaparecerá también, forzosamente el libre tráfico. La apología del libre tráfico, como en general todos los ditirambos a la libertad que entona nuestra burguesía, sólo tienen sentido y razón de ser en cuanto significan la emancipación de las trabas y la servidumbre de la Edad Media, pero palidecen ante la abolición comunista del tráfico, de las condiciones burguesas de producción y de la propia burguesía.
Os aterráis de que queramos abolir la propiedad privada, ¡cómo si ya en el seno de vuestra sociedad actual, la propiedad privada no estuviese abolida para nueve décimas partes de la población, como si no existiese precisamente a costa de no existir para esas nueve décimas partes! ¿Qué es, pues, lo que en rigor nos reprocháis? Querer destruir un régimen de propiedad que tiene por necesaria condición el despojo de la inmensa mayoría de la sociedad.
Nos reprocháis, para decirlo de una vez, querer abolir vuestra propiedad. Pues sí, a eso es a lo que aspiramos.
Para vosotros, desde el momento en que el trabajo no pueda convertirse ya en capital, en dinero, en renta, en un poder social monopolizable; desde el momento en que la propiedad personal no pueda ya trocarse en propiedad burguesa, la persona no existe.
Con eso confesáis que para vosotros no hay más persona que el burgués, el capitalista. Pues bien, la personalidad así concebida es la que nosotros aspiramos a destruir.
El comunismo no priva a nadie del poder de apropiarse productos sociales; lo único que no admite es el poder de usurpar por medio de esta apropiación el trabajo ajeno.
Se arguye que, abolida la propiedad privada, cesará toda actividad y reinará la indolencia universal.
Si esto fuese verdad, ya hace mucho tiempo que se habría estrellado contra el escollo de la holganza una sociedad como la burguesa, en que los que trabajan no adquieren y los que adquieren, no trabajan. Vuestra objeción viene a reducirse, en fin de cuentas, a una verdad que no necesita de demostración, y es que, al desaparecer el capital, desaparecerá también el trabajo asalariado.
Las objeciones formuladas contra el régimen comunista de apropiación y producción material, se hacen extensivas a la producción y apropiación de los productos espirituales. Y así como el destruir la propiedad de clases equivale, para el burgués, a destruir la producción, el destruir la cultura de clase es para él sinónimo de destruir la cultura en general.
Esa cultura cuya pérdida tanto deplora, es la que convierte en una máquina a la inmensa mayoría de la sociedad.
Al discutir con nosotros y criticar la abolición de la propiedad burguesa partiendo de vuestras ideas burguesas de libertad, cultura, derecho, etc., no os dais cuenta de que esas mismas ideas son otros tantos productos del régimen burgués de propiedad y de producción, del mismo modo que vuestro derecho no es más que la voluntad de vuestra clase elevada a ley: una voluntad que tiene su contenido y encarnación en las condiciones materiales de vida de vuestra clase.
Compartís con todas las clases dominantes que han existido y perecieron la idea interesada de que vuestro régimen de producción y de propiedad, obra de condiciones históricas que desaparecen en el transcurso de la producción, descansa sobre leyes naturales eternas y sobre los dictados de la razón. Os explicáis que haya perecido la propiedad antigua, os explicáis que pereciera la propiedad feudal; lo que no os podéis explicar es que perezca la propiedad burguesa, vuestra propiedad.
¡Abolición de la familia! Al hablar de estas intenciones satánicas de los comunistas, hasta los más radicales gritan escándalo.
Pero veamos: ¿en qué se funda la familia actual, la familia burguesa? En el capital, en el lucro privado. Sólo la burguesía tiene una familia, en el pleno sentido de la palabra; y esta familia encuentra su complemento en la carencia forzosa de relaciones familiares de los proletarios y en la pública prostitución.
Es natural que ese tipo de familia burguesa desaparezca al desaparecer su complemento, y que una y otra dejen de existir al dejar de existir el capital, que le sirve de base.
¿Nos reprocháis acaso que aspiremos a abolir la explotación de los hijos por sus padres? Sí, es cierto, a eso aspiramos.
Pero es, decís, que pretendemos destruir la intimidad de la familia, suplantando la educación doméstica por la social.
¿Acaso vuestra propia educación no está también influida por la sociedad, por las condiciones sociales en que se desarrolla, por la intromisión más o menos directa en ella de la sociedad a través de la escuela, etc.? No son precisamente los comunistas los que inventan esa intromisión de la sociedad en la educación; lo que ellos hacen es modificar el carácter que hoy tiene y sustraer la educación a la influencia de la clase dominante.
Esos tópicos burgueses de la familia y la educación, de la intimidad de las relaciones entre padres e hijos, son tanto más grotescos y descarados cuanto más la gran industria va desgarrando los lazos familiares de los proletarios y convirtiendo a los hijos en simples mercancías y meros instrumentos de trabajo.
¡Pero es que vosotros, los comunistas, nos grita a coro la burguesía entera, pretendéis colectivizar a las mujeres!
El burgués, que no ve en su mujer más que un simple instrumento de producción, al oírnos proclamar la necesidad de que los instrumentos de producción sean explotados colectivamente, no puede por menos de pensar que el régimen colectivo se hará extensivo igualmente a la mujer.
No advierte que de lo que se trata es precisamente de acabar con la situación de la mujer como mero instrumento de producción.
Nada más ridículo, por otra parte, que esos alardes de indignación, henchida de alta moral de nuestros burgueses, al hablar de la tan cacareada colectivización de las mujeres por el comunismo. No; los comunistas no tienen que molestarse en implantar lo que ha existido siempre o casi siempre en la sociedad.
Nuestros burgueses, no bastándoles, por lo visto, con tener a su disposición a las mujeres y a los hijos de sus proletarios -¡y no hablemos de la prostitución oficial!-, sienten una grandísima fruición en seducirse unos a otros sus mujeres.
En realidad, el matrimonio burgués es ya la comunidad de las esposas. A lo sumo, podría reprocharse a los comunistas el pretender sustituir este hipócrita y recatado régimen colectivo de hoy por una colectivización oficial, franca y abierta, de la mujer. Por lo demás, fácil es comprender que, al abolirse el régimen actual de producción, desaparecerá con él el sistema de comunidad de la mujer que engendra, y que se refugia en la prostitución, en la oficial y en la encubierta.
A los comunistas se nos reprocha también que queramos abolir la patria, la nacionalidad.
Los trabajadores no tienen patria. Mal se les puede quitar lo que no tienen. No obstante, siendo la mira inmediata del proletariado la conquista del Poder político, su exaltación a clase nacional, a nación, es evidente que también en él reside un sentido nacional, aunque ese sentido no coincida ni mucho menos con el de la burguesía.
Ya el propio desarrollo de la burguesía, el librecambio, el mercado mundial, la uniformidad reinante en la producción industrial, con las condiciones de vida que engendra, se encargan de borrar más y más las diferencias y antagonismos nacionales.
El triunfo del proletariado acabará de hacerlos desaparecer. La acción conjunta de los proletarios, a lo menos en las naciones civilizadas, es una de las condiciones primordiales de su emancipación. En la medida y a la par que vaya desapareciendo la explotación de unos individuos por otros, desaparecerá también la explotación de unas naciones por otras.
Con el antagonismo de las clases en el seno de cada nación, se borrará la hostilidad de las naciones entre sí.
No queremos entrar a analizar las acusaciones que se hacen contra el comunismo desde el punto de vista religioso-filosófico e ideológico en general.
No hace falta ser un lince para ver que, al cambiar las condiciones de vida, las relaciones sociales, la existencia social del hombre, cambian también sus ideas, sus opiniones y sus conceptos, su conciencia, en una palabra.
La historia de las ideas es una prueba palmaria de cómo cambia y se transforma la producción espiritual con la material. Las ideas imperantes en una época han sido siempre las ideas propias de la clase imperante .
Se habla de ideas que revolucionan a toda una sociedad; con ello, no se hace más que dar expresión a un hecho, y es que en el seno de la sociedad antigua han germinado ya los elementos para la nueva, y a la par que se esfuman o derrumban las antiguas condiciones de vida, se derrumban y esfuman las ideas antiguas.
Cuando el mundo antiguo estaba a punto de desaparecer, las religiones antiguas fueron vencidas y suplantadas por el cristianismo. En el siglo XVIII, cuando las ideas cristianas sucumbían ante el racionalismo, la sociedad feudal pugnaba desesperadamente, haciendo un último esfuerzo, con la burguesía, entonces revolucionaria. Las ideas de libertad de conciencia y de libertad religiosa no hicieron más que proclamar el triunfo de la libre concurrencia en el mundo ideológico.
Se nos dirá que las ideas religiosas, morales, filosóficas, políticas, jurídicas, etc., aunque sufran alteraciones a lo largo de la historia, llevan siempre un fondo de perennidad, y que por debajo de esos cambios siempre ha habido una religión, una moral, una filosofía, una política, un derecho.
Además, se seguirá arguyendo, existen verdades eternas, como la libertad, la justicia, etc., comunes a todas las sociedades y a todas las etapas de progreso de la sociedad. Pues bien, el comunismo -continúa el argumento- viene a destruir estas verdades eternas, la moral, la religión, y no a sustituirlas por otras nuevas; viene a interrumpir violentamente todo el desarrollo histórico anterior.
Veamos a qué queda reducida esta acusación.
Hasta hoy, toda la historia de la sociedad ha sido una constante sucesión de antagonismos de clases, que revisten diversas modalidades, según las épocas.
Mas, cualquiera que sea la forma que en cada caso adopte, la explotación de una parte de la sociedad por la otra es un hecho común a todas las épocas del pasado. Nada tiene, pues, de extraño que la conciencia social de todas las épocas se atenga, a despecho de toda la variedad y de todas las divergencias, a ciertas formas comunes, formas de conciencia hasta que el antagonismo de clases que las informa no desaparezca radicalmente.
La revolución comunista viene a romper de la manera más radical con el régimen tradicional de la propiedad; nada tiene, pues, de extraño que se vea obligada a romper, en su desarrollo, de la manera también más radical, con las ideas tradicionales.
Pero no queremos detenernos por más tiempo en los reproches de la burguesía contra el comunismo.
Ya dejamos dicho que el primer paso de la revolución obrera será la exaltación del proletariado al Poder, la conquista de la democracia .
El proletariado se valdrá del Poder para ir despojando paulatinamente a la burguesía de todo el capital, de todos los instrumentos de la producción, centralizándolos en manos del Estado, es decir, del proletariado organizado como clase gobernante, y procurando fomentar por todos los medios y con la mayor rapidez posible las energías productivas.
Claro está que, al principio, esto sólo podrá llevarse a cabo mediante una acción despótica sobre la propiedad y el régimen burgués de producción, por medio de medidas que, aunque de momento parezcan económicamente insuficientes e insostenibles, en el transcurso del movimiento serán un gran resorte propulsor y de las que no puede prescindiese como medio para transformar todo el régimen de producción vigente.
Estas medidas no podrán ser las mismas, naturalmente, en todos los países.
Para los más progresivos mencionaremos unas cuantas, susceptibles, sin duda, de ser aplicadas con carácter más o menos general, según los casos .
1.a Expropiación de la propiedad inmueble y aplicación de la renta del suelo a los gastos públicos.
2.a Fuerte impuesto progresivo.
3.a Abolición del derecho de herencia.
4.a Confiscación de la fortuna de los emigrados y rebeldes.
5.a Centralización del crédito en el Estado por medio de un Banco nacional con capital del Estado y régimen de monopolio.
6.a Nacionalización de los transportes.
7.a Multiplicación de las fábricas nacionales y de los medios de producción, roturación y mejora de terrenos con arreglo a un plan colectivo.
8.a Proclamación del deber general de trabajar; creación de ejércitos industriales, principalmente en el campo.
9.a Articulación de las explotaciones agrícolas e industriales; tendencia a ir borrando gradualmente las diferencias entre el campo y la ciudad.
10.a Educación pública y gratuita de todos los niños. Prohibición del trabajo infantil en las fábricas bajo su forma actual. Régimen combinado de la educación con la producción material, etc.
Tan pronto como, en el transcurso del tiempo, hayan desaparecido las diferencias de clase y toda la producción esté concentrada en manos de la sociedad, el Estado perderá todo carácter político. El Poder político no es, en rigor, más que el poder organizado de una clase para la opresión de la otra. El proletariado se ve forzado a organizarse como clase para luchar contra la burguesía; la revolución le lleva al Poder; mas tan pronto como desde él, como clase gobernante, derribe por la fuerza el régimen vigente de producción, con éste hará desaparecer las condiciones que determinan el antagonismo de clases, las clases mismas, y, por tanto, su propia soberanía como tal clase.
Y a la vieja sociedad burguesa, con sus clases y sus antagonismos de clase, sustituirá una asociación en que el libre desarrollo de cada uno condicione el libre desarrollo de todos.
Carlos Alberto Navarro, 2004.

24 de agosto de 2004

La democracia griega

Atenas, siglo V ac, la ciudad acosada por los bárbaros y por los espartanos; el destino de la población en caso de triunfo de una invasión eran la muerte o la esclavitud.

En esas circunstancias, la ciudad era la forma de protegerse en común. Reunirse en la ciudad y defenderse, aunando esfuerzos.

Dadas ciertas circunstancias, la gente de la ciudad necesitó ponerse de acuerdo respecto de la defensa de la ciudad, lo hicieron en el Ágora, debatiendo libremente. Los que participaban eran los ciudadanos libres, se excluían de esta categoría a las mujeres y los esclavos. Le llamaron democracia, aunque los ilustrados y los aristócratas le temían, se referían a ella en forma despectiva.

La ciudad debía ser autosuficiente. Su organización debía ser perfecta. Los ciudadanos debían sentir para ello que era “su.” Ciudad,  que era su organización,

Pero esta forma de gobierno no surgió de la nada. En la historia griega, se habían sucedido las monarquías y las tiranías, hasta el siglo –VII, las últimas originadas en el poder militar y llevadas a cabo por los militares, con cierto apoyo de la población, en lucha abierta con las familias aristocráticas. Algunos gobiernos aristocráticos garantizaron ciertas igualdades de oportunidades a sus miembros.  Ciertas decisiones se tomaban en el Aerópago, donde participaban también los más ancianos.

También los tiranos crearon ciertas condiciones favorables para la futura democracia: la “emancipación de los siervos” en el 600 aC y la eliminación de la esclavitud por deudas. No desapareció la esclavitud, pero los esclavos ya no eran atenienses. Se favoreció el reparto de las tierras. Estas fueron algunas de las reformas impulsadas por Solón, quien creó el Consejo de lo Cuatrocientos y que después Clístenes (aristócrata) transformaría en el Consejo de los Quinientos. El sentido de autodeterminación y de responsabilidad en la vida de la ciudad iba creciendo (siglo –VI).

El problema de esta democracia: había ciudadanos libres y otros no tanto; había distintos grados de educación.

Afuera estaban los bárbaros y las otras ciudades, ansiosas de invadirlos y someterlos. Estaban en una emergencia, no había más remedio que aceptar esta democracia, especialmente para los aristócratas y los filósofos como Platón.

Si participaran todos, eso hubiera sido realmente una democracia, como indica el término. Para los griegos de entonces era realmente una democracia, porque el pueblo digno de ser tenido en cuenta era el formado por los ciudadanos libres. Las mujeres, los niños, los esclavos no contaban. Se le temía al concepto, parecía una barbaridad. Sólo era un concepto, algo inalcanzable (y no deseable).

La democracia sólo podría funcionar con los iguales, con los hombres libres instruidos. A los no instruidos había que convencerlos, que conquistarlos. La función de los políticos, entre otras cosas, era convencer a la plebe. Con qué argumentos, si no podían entender? Había que incluso engañarlos con tal de lograr su apoyo?

Las discusiones en el Ágora eran interminables y el gobierno de la ciudad poco efectivo. Había mucha gente para discutir y sacar una decisión.

Era inconcebible pensar siquiera en la libertad individual. Se pensaba sólo en función de la ciudad. La libertad era de todos o de nadie.

En algún momento de la historia (romanos?) surgió la idea de nombrar representantes. Los miembros de los foros eran menos, tomar decisiones era más fácil. Más si se trataba de decisiones que no podían esperar, le daba al gobierno agilidad y como diríamos ahora, ejecutividad.

Surgió un nuevo problema: la representación daba poder y el poder envilecía. El “engaño” a los pocos instruidos era más fácil. La función del político en función al engaño se transformó en una profesión.
Pero este mismo esquema de democracia dio lugar a distintos resultados, dependiendo de las sociedades en las que se aplicó. O mejor dicho de la gente de esas sociedades, de su historia particular, en definitiva.

Los investigadores descubrieron últimamente que la diferencia entre esas sociedades, determinada por su historia particular, era algo tangible, medible: el Capital Social. Dependía mucho de la historia de gobiernos autocráticos y caudillescos.

El intelectual (Castoriadis)

La clásica división entre trabajadores intelectuales y manuales ya no nos sirve. Un especialista, por ejemplo, puede ser una eminencia en su campo, pero como filósofo y mucho menos como ciudadano, no sirve.

Castoriadis propone como definición de intelectual “a aquellos que, cualquiera sea su oficio, trataran de superar su esfera de especialización y se interesasen activamente por lo que sucede en la sociedad. Pero ésta es –o debería serlo- la definición misma de ciudadano democrático.” Como consecuencia, se le puede llamar intelectual al que filosofa, siendo su material la realidad, pero en ese caso es también un ciudadano: ¿intelectual = filósofo = ciudadano?

Platón fue, entre los primeros filósofos, un ejemplo de lo que puede hacer un filósofo que se aleja de los ciudadanos, de la realidad. Es el prototipo de los “filósofos” consejeros de príncipes y tiranos. Mucho después en el tiempo, hubieron filósofos con actitud similar, que le agregaron otro condimento: el culto de los hechos consumados, los que tratarán de explicar “racionalmente” lo inexcusable.

Contemporáneamente se ha dado otra deformación de la realidad. Sucede cuando se da en alguna parte un “poder revolucionario”. En defensa del mismo, se miente, oculta la verdadera realidad, para no debilitar la revolución. Los “filósofos” que se embarcan en la revolución tienen que hacer grandes sacrificios de conciencia para acordar con el poder revolucionario. El verdadero filósofo, en estas circunstancias, debe ver la realidad tal cual es, no deformarla, y decir lo que su honesto saber le indica, libremente, sin ataduras, aunque para hacerlo deba exiliarse.

Finalmente, Castoriadis dice que el filósofo debe “ser democrático y poder decir al pueblo, si así se considera: ustedes se equivocan.”

CAN




28 de septiembre de 2003

Capital Social, introducción

MONOS CAPUCHINOS, BRECHA DE INGRESOS
Antes de entrar en el Capital Social, comenzaremos con un artículo sobre el comportamiento de los monos capuchinos, seguiremos con las respuestas al artículo, que publiqué como newsletter; seguiremos con la larga respuesta de Alberto Halac, desde Virginia, USA. CAN.
Los monos y el sentido de justicia
Dr. David Whitehouse
Editor de BBC
 Ciencia
Los monos tienen un buen sentido de la justicia y protestarán si ven que otro mono es mejor remunerado por cumplir la misma tarea.
A esta conclusión llegaron un grupo de científicos de la Universidad de Emory en Estados Unidos, después de enseñarle a un grupo de monos a intercambiar fichas por comida.
Normalmente los primates quedaban contentos de recibir un pedazo de pepinillo, a cambio del "pago" de una de esas fichas.


Pero de acuerdo al estudio publicado en la revista Nature, los monos se ofendían cuando veía que uno de sus "compañeros" recibía un premio que consideraban más apetitoso, como por ejemplo una uva.
La ofensa llegaba a tal punto que algunos se rehusaban a trabajar y otros se negaban a comer.
Sarah Brosnan, una de las investigadoras que participó en el experimento, le dijo a la BBC: "Lo más interesante es la sugerencia de que la cooperación humana es más efectiva si hay sentido de justicia".
Sarah Brosnan y su colega, Frans Waal, intentaban ver si el sentido de justicia es un comportamiento producto de la evolución humana o el resultado de las reglas que se establecen en la sociedad.
Recompensas diferentes
Para eso Brosnan y Waal planearon un experimento utilizando monos capuchinos.
"Escogí a los monos capuchinos porque son muy cooperadores y porque vienen de una sociedad muy tolerante".
"Lo que hicimos fue diseñar un experimento para ver su reacción a los diferentes premios", explicó Sarah Brosnan.
Los monos que participaron en el estudio fueron separados en parejas y el experimento consistió en premiarlos de diferente manera por una misma tarea.
Según Brosnan estos primates "nunca habían estado en este tipo de situación donde se les recompensaba de forma diferente".
"En ocasiones, se les premiaba a los dos con un pepino o de repente a uno le dábamos una uva sin siquiera haber trabajado por ella", dijo Brosnan.
Según los investigadores, las reacciones fueron sorprendentes.
"Nosotros buscábamos una reacción específica y la conseguimos. Normalmente rechazaban la tarea que se les asignaba", señalo Brosnan.
"En otras ocasiones completaban la tarea pero no recibían el premio. Este es un comportamiento muy extraño", dijo la científica.
"A veces, ignoraban la recompensa, otras veces la aceptaban para después tirarla", agregó.


A los científicos nos les sorprendió que los monos demostraran cierto sentido de justicia, pero les llamo la atención cuando rechazaron una compensación que había sido aceptada.
Eso si, dijo Brosnan: "Nunca reaccionaron en contra su pareja, ni tampoco las culpaban".
Expertos en el tema que comentaron estos resultaron dijeron a la BBC que es muy apasionante la idea de que el sentido de justicia ha tenido una larga evolución.
Para Sarah Brosnan, "es muy probable" que nuestro sentimiento de justicia sea anterior a la evolución de nuestra especie.
Después de esta investigación se ha empezado a estudiar qué tan extendido está esto en el resto de los animales.
"Actualmente estamos repitiendo el experimentocon chimpancés para aprender más acerca del desarrollo evolutivo del sentido de justicia", señaló Brosnan.
Y agregó: "Yo sospecho que hay otras especies de primates de sociedad igualmente tolerables que mostrarán el mismo comportamiento".

De: Alberto Halac
To: Carlos Alberto Navarro
Date: 26/09/03
Estimado Carlos:
Es sumamente peligroso hacer grandes generalizaciones sobre el comportamiento humano derivadas de la observación de otros realmos de la naturaleza—y más aun cuando provienen de experimentos controlados en laboratorio. Uno se expone a cometer errores tan graves como la economía Maltusiana o el darwinismo social Spenceriano.
No obstante, arriesgare un comentario, aunque el propósito de esta nota es en realidad responderte como lo hice hace un tiempo a otra invitación. Esta la encontraras debajo de mi comentario.
¡Esos Capuchinos!
Numerosos estudios han confirmado lo que todos sabemos por experiencia: el desarrollo personal y el progreso social y económico dependen del nivel de confianza sobre el cumplimiento de las obligaciones de las partes en una transacción. Por transacción significo cualquier intercambio de valores, no exclusivamente monetarios o económicos.
Por cierto, las instituciones políticas que garantizan la aplicación imparcial de la ley y un sistema legal fuerte e independiente son determinantes importantes para generar confianza general, pero la capacidad de dar y recibir confianza comienza con el individuo, a medida que crece y se educa, siendo esta la mas poderosa razón para que los gobiernos apoyen la educación.
El experimento controlado con los monos Capuchinos ilumina lo que desde hace tiempo se observa en la conducta social humana: la confianza entre individuos fomenta prosperidad y confort. Ya Adam Smith noto en su tiempo, las notables diferencias en “probidad”, “puntualidad” y “confiabilidad en poblaciones de diferentes países: “los holandeses”, escribió, “son los que mas mantienen su palabra.” Y aparentemente, son cualidades que parecen haberse mantenido hasta nuestros días, como verán en los países escandinavos que las bicicletas son todavía dejadas en la calle; o en Dinamarca, donde es común dejar los bebes en su cochecito en la vereda mientras la madre va de compras.
La confianza reduce el costo de las transacciones, en varios estudios se pudo demostrar que cuando la proporción de “gente confiable” en un grupo social se incrementa en 15%, ocurre un aumento del 1% anual per capita en la producción!
Más convencido que entonces, mantengo que la formación de nuestros futuros líderes en una nueva orientación cultural es la mejor inversión que podemos hacer como ciudadanos. Lamentablemente tenemos la tendencia a especular con el rápido retorno de nuestras inversiones, con un resultado desastroso—como todos sabemos--tanto en nuestras actividades financieras, políticas y económicas, como en las funciones sociales.
Nuestro problema proviene de la deficiente formación ética que impartimos a nuestros niños y jóvenes, nuestros futuros líderes. Ellos son el reflejo de nuestras acciones, actitudes y comportamientos. Son el barómetro de nuestra conducta individual y social, registrando todas las influencias y presiones que los afectan. Las concepciones de victimización, de inadaptación social, de inseguridad, de egoísmo, de pesimismo, de deshonestidad, y de oportunismo de nuestros niños y jóvenes de ayer, están cristalizadas en nuestros lideres de hoy.
Lo que transmitamos a nuestros niños hoy penalizara o premiara con el mismo rigor a las generaciones que nos sigan.
¿Por que estamos aquí?
En respuesta a mi nota transcripta arriba, un buen amigo me pregunto en esa oportunidad:
¿Como te parece que se puede cubrir ese déficit, y en forma urgente, y sin entregar el poder a dictadores mesiánicos?
No recuerdo cual fue mi respuesta literal de entonces, pero tengo la impresión que habrá sido consistente con esta a mi propia pregunta. Desconozco la mayoría de quienes forman parte de este foro, aunque supongo que no pocos conocerán ya mis opiniones. Me pregunto, y les pregunto, ¿saben ustedes por que están aquí? Para mi la respuesta no tiene complicaciones: Yo estoy aquí en búsqueda de individuos que estén dispuestos a liderar o apoyar la iniciativa de formar una institución de educación modelo, privada, paralela al sistema de enseñanza publica, completa y totalmente apolítica y apartidaria, enfocada en la formación ética y de razonamiento critico de nuestra juventud.
Con el debido respeto por quienes trabajan por el mejoramiento de nuestro país en otras importantes áreas, personalmente, y en consistencia con mi objetivo, considero ya pasada la etapa contemplativa y de diagnostico de nuestros problemas sociales-políticos-económicos.
Encuentro un egoísmo insensible en el tiempo y esfuerzo dedicados por quienes tienen el tiempo para hacerlo, a la difusión de reflexiones—sensatas como pudiesen ser—solo entre la elite con acceso a Internet mientras se olvidan de nuestros niños y nuestros jóvenes.
Y considero inútil e improductiva cualquier disertación o comentario no concentrado en acciones que ayuden a crear el liderazgo futuro de este país, único motivo de mi participación. Por eso estoy yo aquí.
¿Y ustedes, saben por que están aquí?
Cordialmente,
Alberto Halac, desde Virginia, USA
En Favor de una Revolución Cultural Argentina
Alberto Halac
“Lo que más me ha llamado la atención es la persistente noción que los problemas del presente sean considerados políticos o económicos, ya que las propuestas ofrecidas, al menos las que recuerdo, señalan en esa dirección.
Debo admitir que, aun cuando concuerdo en la falta de relevancia y obsolescencia de los actuales partidos políticos--y la necesidad de crear uno nuevo--la proposición carece de sentido cuando no existen en el país elementos adecuados para conformarlos, y menos dirigirlo. Creer que tales propuestas indican una pobre apreciación de las cualidades de la población, o una deliberada ceguera a lo que es obvio.
En principio, ninguno de los partidos mayores actuales contiene flagrantes fallas que perjudiquen el funcionamiento de la sociedad, aunque quizás necesiten actualizarse con reformas como la abolición de las listas sabanas y otros refinamientos modernos. Sus fracasos no son debidos a sus plataformas, sino a sus conductores y al criterio con el que fueron elegidos por la ciudadanía. Cualquier nuevo partido, nacional, local, barrial, o nacido al ruido de las cacerolas estará igualmente condenado al fracaso mientras no haya en la población los elementos humanos con el juego de capacidades de liderazgo y formación ética-social imprescindibles para tal emprendimiento. Y creo, en mi modesta opinión que es tiempo que nos olvidemos de la política, enfrentemos la tormenta, y concentremos todos nuestros esfuerzos en la creación, desde cero, de una nueva ciudadanía, desde la cuna. Si hacemos bien el trabajo, ellos sin duda harán una tarea mucho mejor que la que nosotros con todas nuestras buenas intenciones, hemos hecho hasta ahora.
Esta conclusión ha tenido una larga travesía, y quizás las líneas que siguen iluminen el camino recorrido para llegar a ella.
En mi opinión, parte de la explicación del enigma Argentino se encuentra en las aspiraciones de los inmigrantes que llegaron a fines del 1800 hasta los anos '20, que como los conquistadores--y en contraste con aquellos que emigraron a Australia y Estados Unidos para permanecer allí--que llegaron con la intención de "hacer la América" y regresar a Galicia o Sicilia con los bolsillos llenos. No muchos lograron sus ambiciones, y los que estuvieron condenados a quedarse dejaron una herencia enraizada en la personalidad Argentina: una nostalgia inconsolable por Europa, un desprecio inagotable para Estados Unidos, y el sueño incumplido de sus antepasados de volverse rápidamente ricos. Sin tener en cuenta esta nefasta influencia cultural Española, la influencia Peronista ha jugado un papel central, aunque no siempre evidente, en todo movimiento social Argentino en búsqueda de equilibrio y justicia social, y estabilidad económica, determinando desde el ascenso de Perón, el curso y el carácter de la política Argentina.
Sin duda alguna, Perón produjo cambios fundamentales y necesarios para Argentina, pero su legado de personalizar el gobierno y sus instituciones modeló en la ciudadanía una mentalidad de dependencia y obediencia incondicional de la masa laboral, a cambio de recompensas en forma de trabajo, aumento de sueldos y otras bonificaciones y premios en servicios de salud, educación y servicios de bienestar social en gran escala.
Cualquier análisis serio sobre la vida nacional Argentina, sugiere invariablemente, que el problema básico del país no es la economía ni la política, sino la cultura y los valores de su pueblo. La sociedad Argentina no otorga al cargo público una responsabilidad de servicio sino una oportunidad para la ganancia personal y el enriquecimiento. Aunque sin duda existen todavía quienes asumen su parte de responsabilidad, acusar a otros como causa de los problemas que nosotros mismos creamos es una práctica general elevada a la categoría de arte, y aun a estas alturas, una gran parte de la población mantiene la ridícula teoría de dependencia que deposita la culpa de la actual crisis económica de Argentina en banqueros extranjeros que supuestamente sacan provecho de la nación y que nos imponen créditos usurarios. Pocos reconocen el irresponsable hábito de los créditos, y la carga abrumadora de la corrupción que desvía los fondos públicos a bolsillos privados.
Hoy, los argentinos buscan frenéticos reliquias ancestrales que los habilite a regresar donde sus antepasados escaparon del hambre...
Aun ante estos evidentes quebrantos de la cultura cívica Argentina, se continúa entreteniendo nuevas ideas y esquemas políticos como en el pasado.
No es --como creen muchos--la ultima camada de políticos con toda su corrupción colectiva los responsables de este calamitoso estado nacional, son los Argentinos mismos, cada uno de ellos, por comisión u omisión, los que deben hacerse responsables de sus dificultades.
El problema fundamental que enfrenta hoy la nación, no es económico ni político, estos son cuanto más, las consecuencias evidentes de una ausencia total de consenso nacional, una carencia enfermiza de propósito cívico y de solidaridad social.
Lo que es necesario, no son sólo soluciones fiscales o parches políticos, sino además--y primordialmente-- un renacimiento cultural del mérito, del propósito social. Lo que se requiere antes que nada, es una reforma ética a escala nacional, concentración en los valores personales y sociales, una resurrección de actitudes olvidadas e integridad personal, orgullo cívico, trabajo arduo y solidaridad social expresado en el respeto a uno mismo, la propia familia, y al vecino.
Para millones de Argentinos, cínicos testigos y protagonistas de ideologías obsoletas, de traiciones a la confianza publica y privada y de la impunidad casi universal de políticos corruptos y sus colegas en el delito, este llamado revolucionario puede sonar como la mítica canción de las sirenas, vanas aspiraciones, o promesas tan huecas como todas las anteriores.
En esta sociedad--con indudablemente muchas excepciones honorables--donde el objetivo predominante es tener éxito con la "viveza", con mínima inversión de tiempo y energía, no hacen falta nuevos partidos políticos, lo que hace falta imperiosamente en Argentina, es una generación nueva, para arrancar desde cero y reconstruir un país cimentado por un proyecto compartido, por un gran acuerdo nacional. No es la ayuda divina ni la suerte geográfica lo que marca el destino de una nación sino la voluntad y los valores de su gente.
Esta no es una tarea fácil, ni rápida, ni barata. Pero es imperioso comenzar ya mismo, desde la cuna de la nueva generación.
Alberto Halac. Desde Virginia, USA.
REFLEXIONES (sobre monos, brecha, etc)
Carlos Navarro
Hubo un tiempo en que nos enorgullecíamos de tener una clase media muy numerosa, no teníamos tantos prejuicios sociales como nuestros vecinos chilenos, paraguayos y bolivianos.
Antes del llamado proceso militar, la relación de ingresos entre el 10 % superior y el 10 % inferior era de sólo 7 veces. Claro que teníamos muchísimos defectos culturales, que vienen de nuestra historia, pero eso es otro arduo tema. Pero no había la miseria y la opulencia de ahora. La industria no estaba todavía destruida por las recetas neoliberales que tan sumisamente aplicamos.
Ahora, 2003, según Salvador Treber, esa relación es de 40 veces. No hubo más remedio que aplicar el asistencialismo para evitar que la gente se muera de hambre o asalte supermercados. Y pésimamente aplicado, con punteros que buscaban el rédito político. No se podía evitar el asistencialismo.
Pero los aspectos negativos del asistencialismo son terroríficos. El que labura es un gil, el Estado tiene que mantenernos, el concepto es que ésa es la obligación permanente del Estado. Hay que aprovecharlo al máximo. Todo viene de arriba. Total, si nos esforzamos no ganamos nada, mientras otros que han tenido la suerte de tener, cada vez tienen mas con poco esfuerzo. Hay que ser vivos, el que no afana (o engaña) es un gil. Y el que trabaja por unos mangos también.
En Catamarca, no había gente para recoger la cosecha de aceitunas, todos tenían el plan Jefas y Jefes de Hogar. Si trabajaban, lo perdían y además el trabajo era temporario. En todos lados pasa algo así o bien trabajan en negro y tienen al mismo tiempo un plan asistencial, total el ANSES no los tiene registrados.
Si logramos levantar a nuestra Argentina, ya no hará falta tanto asistencialismo.
¿Cómo y cuándo saldremos de esta situación? ¿Cómo disminuir la brecha salarial? ¿Cómo lograr una sociedad donde prime la cultura del trabajo y la solidaridad?
La respuesta no es una sola, creo, sino una multiplicidad de acciones simultáneas que conduzcan a una sociedad mejor. Pero la brecha salarial debe atenuarse enormemente para que sea posible realmente la solidaridad y la confianza. Para crear una nueva cultura del trabajo y la honestidad.
Lo de los monitos lo puse sólo para llamar la atención con un hecho interesante, pero es claro que falta experimentación. La cuestión no es si la colaboración como dependiente de la equidad es genética o cultural. Es y basta.
Hemos visto la colaboración manifestada por la población en desastres como la inundación de Santa Fe. Y al mismo tiempo hemos visto el pillaje para aprovecharse de la situación. En los grupos carenciados económica y culturalmente también hay mucha solidaridad.
Esta gran crisis de la Argentina también, al fin y al cabo, nos hizo bien para abrir los ojos, para preguntarnos porqué. Para animarnos a salir a la calle a mostrar nuestra indignación. El que se vayan todos ha dado lugar ahora a la preocupación responsable y a la reflexión, a manifestarse políticamente.
Ya no es tan fácil hacer mala política, ya Menem no tiene futuro. No hace falta esperar que la gente se eduque en nuevos valores. La gente se educa preocupándose, haciendo y haciéndose escuchar. La calle educa. Nuestra situación educa. Y ocurre en la acción.
Es cierto que falta capacitación de posibles nuevos dirigentes y que es urgente. Pero en cuanto a ciertos procedimientos está claro qué se debe hacer y qué no..Lo importante está ahora en la gente, hay que aprovechar el momento para abrir canales de comunicación y expresión. Bienvenidos los nuevos partidos políticos, ONGs, organizaciones sociales, etc. que surjan a partir de estas inquietudes, pero nunca nos entreguemos a uno solo incondicionalmente, nunca bajemos los brazos, sigamos siempre atentos para decir qué no nos gusta. Alguna vez aprenderemos a rechazar los líderes mesiánicos.
Aprovechemos esta oportunidad histórica para hacer nuevas leyes, aunque tengamos que recurrir a la Iniciativa Popular. Aprovechemos para crear nuevos hábitos, una nueva conciencia. Aprovechemos que tenemos un gobierno como Kirchner, que aunque ganó milagrosamente por ciertas circunstancias políticas, tiene muy buenas ideas, ayudémoslo a llevarlas a la práctica y critiquémoslo cuando se equivoque.
El objetivo no es un nuevo líder que nos proteja sino una nueva clase dirigente que escuche al pueblo y sea apoyada por éste, y que el pueblo aprenda a controlar a sus gobernantes.
El resultado será una nueva cultura de la honestidad y el trabajo pero que se hace al andar, no que se enseña en las aulas para cosechar en otra generación. Las cosas son más complicadas, no hay sólo blancos y negros, hay todos los matices y en éstos estamos condenados a desenvolvernos.
Para esto estamos aquí. Otros estarán en el extranjero y no los critico. Ojalá algún día traigan su provechosa experiencia y conocimientos para acá. Mientras tanto, sigamos en lo nuestro.
Carlos Alberto Navarro, desde Córdoba, 28 de septiembre de 2003.